Emprender también es un valor político…

28 febrero 2017

Imagen Destacada
Mestizo alto y delgado, Marlon Parker es un sudafricano de 34 años que aún tiene mucho que enseñarnos. Informático diplomado por la Universidad de Tecnología de la península del Cabo, vive en uno de esos barrios marginales donde los jóvenes se drogan y se forjan una identidad que les parece más atractiva si se afilian a pandillas. Empeñado en ayudarlos con sus conocimientos, reunió a un puñado de ellos y les mostró cómo utilizar las tecnologías digitales para contar su historia. Impresionados por el resultado, madres y padres se le acercaron para aprender a contar la suya. Luego vinieron los abuelos y abuelas, y después los hermanos y las hermanas más jóvenes.

Pero Marlon únicamente formó a un grupo inicial de 14 chavales, que después se encargaron de transmitir a otros lo que habían aprendido. Y así sucesivamente, hasta que más de 6000 personas descubrieron cómo contar su historia en la red para ayudarse mutuamente, para organizarse de la mejor manera posible, Parker creó RLabs.org –la R alude a “reconstrucción”–, una organización sin ánimo de lucro cuyo fin, según me dijo, es “reconstruir comunidades”, introducir “la revolución social a través de la innovación”. A finales de 2014 está activa en 22 países de Europa, Asia, América Latina y África, y ha formado a unos 5 millones de personas, según consta en el sitio.

A medida que entraban en materia, los jóvenes y los no tan jóvenes se enfrentaron a problemas de otra índole. Crearon entonces una incubadora social porque “… nos dimos cuenta de que hacía falta generar recursos e intentamos transformar a los vendedores de drogas (drug dealers) en emprendedores sociales”, me contó Marlon. ¿Cómo responder, por ejemplo, a las consultas de drogadictos en busca de consejos a través de los teléfonos móviles sin tener que movilizar a centenares de personas?

Crearon entonces un eficaz sistema de mensajería instantánea para comunicarse directamente con los interesados, bajo la supervisión de consejeros que logran atender trescientas conversaciones por hora. La tecnología se llama Jamiix, contracción de Jamiia, que en suajili significa ‘comunidad’ y de “x” de “exchange” (intercambio) en inglés.

Bastó darle después una apariencia un poco distinta para venderla a otras organizaciones: a grupos que trabajan con víctimas del sida, a centros de asesoría a estudiantes universitarios, o call centers, antes de pasar a los operadores interesados en el manejo de comunidades. Mxit.com, la mayor red social en África, la utiliza con una función de chat live. Indonesia la adoptó para los casos de catástrofes naturales.

Se trata, pues, de un proyecto, de una empresa, de un movimiento nacido de la necesidad de ayudar a jóvenes urgidos de una nueva manera de hacer las cosas.

Marlon Parker no se volvió emprendedor cuando empezó a cobrar por sus servicios, sino el día en que utilizó sus conocimientos y reunió lo que hacía falta para atender las necesidades de catorce jóvenes desfavorecidos y darles los medios para cambiar sus vidas, su mundo.

Los anglosajones reconocen que Jean-Baptiste Say fue el primero en utilizar el término “emprendedor” (entrepreneur) como elemento determinante de la actividad económica. Lo definía como alguien capaz de “desplazar recursos” de un nivel donde no son muy rentables a otro estrato donde pueden arrojar mejores resultados, o ser más eficaces.

Cerca de un siglo después, el austríaco Joseph Schumpeter dio al vocablo una nueva dimensión al decir que el emprendedor tiene la energía suficiente “para trastocar la propensión a la rutina y llevar a cabo innovaciones”.

Poco a poco acabaron sumándose la aptitud de aprovechar oportunidades, de ser capaces de afrontar riesgos y aplicarse en ello con enorme trabajo y sin temor al fracaso.

En mis viajes, durante las entrevistas que he mantenido, he llegado a definir al emprendedor como alguien que detecta oportunidades, reúne los recursos (humanos, técnicos, financieros) y asume los riesgos necesarios para realizar algo próximo a los sueños.

En un artículo escrito para lanzar el “mes del emprendedor” 2012, Brett Nelson, ex editor jefe de Forbes, escribió en la revista para la cual trabajó durante catorce años: “Los emprendedores, en el sentido más puro del término, son aquellos que identifican una necesidad –no importa cuál– y la satisfacen. Se trata de una especie de fuerza (urge, en inglés) primordial, independiente del producto, del servicio, de la industria o del mercado”.

Los distingue de los gestores y financieros, de la misma manera que debemos aprender a distinguir la empresa naciente que innova para existir y la corporación que gestiona para perdurar.

Aprovechar las oportunidades, correr riesgos, reunir recursos, innovar y actuar con tenacidad…

Al escribir estas palabras pienso tanto en Gandhi o Martin Luther King como en Steve Jobs. Y por eso me digo que emprender e innovar (dos nociones difíciles de separar en el universo de las startups) también son valores políticos, valores de la izquierda.

La innovación, tal como la descubro por donde quiera que voy, siempre resulta de un ensamblaje improbable de elementos no del todo nuevos para resolver un problema, para responder a una necesidad o sacar provecho de una oportunidad en un espacio dado. La voluntad de resolver un problema implica, por lo general, una dimensión social.

La de aprovechar una oportunidad puede perfectamente proceder de una visión política, de una voluntad de cambio.

Nos encontramos, por tanto, ante cuatro categorías de emprendedores:

  1. Los emprendedores de negocios (bussiness entrepreneurs), que piensan exclusiva o esencialmente en ganar dinero.
  2. Los intraprendedores, los empleados-emprendedores que “en el seno de una gran compañía [asumen] la responsabilidad directa de transformar una idea en un producto acabado rentable, gracias a la señalada asunción de riesgo y a la innovación”, según The American Heritage Dictionary.
  3. Los emprendedores sociales (social entrepreneurs), cada vez más numerosos y reconocidos. Aunque las definiciones del término varían, la más amplia consiste en decir que crean una empresa con un objetivo social y capaz de autofinanciarse, de ganar dinero.
  4. Añado una cuarta categoría, no menos importante, aunque por lo general no se la tome en cuenta: la de los emprendedores activistas (activist entrepreneurs): personas que reúnen recursos y gente para acometer problemas sociales y así cambiar el mundo sin afanarse en ganar dinero.

Curiosamente o no, las cuatro categorías –que a menudo se encuentran bajo formas híbridas, salvo en los extremos– se esfuerzan por “crear valor”, sin conferirle el mismo sentido. Los más dinámicos entre ellos proclaman que actúan para “cambiar el mundo”.

Nadia pondría en tela de juicio que Jobs, King y Gandhi contribuyeron a ello de una manera perentoria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *