Chocolate y diásporas creativas

23 Febrero 2017

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Vincent Mourou y Samuel Maruta, dos franceses instalados en Ciudad Ho Chi Minh desde hace varios años, no fabrican teléfonos móviles ni desarrollan software hipereficiente. Prosperan bajo la insignia de “Creadores de chocolate” con un “gusto” —como se aplica el término en música— que provoca placer cuando se escucha (o se prueba). Disclaimer: en un afán de transparencia debo confesar de antemano —porque de confesión se trata— que, cual chocoadicto irremediable que soy, de inmediato adoré el que ellos producen y me regalaron, aparte de las tabletas que les compré.

Su historia se lee como un caso de estudio realmente simpático. Fastidiados con lo que cada uno hacía, empezaron, cada uno por su cuenta, a exteriorizar sus ganas de dedicarse a “otra cosa”. Y, por casualidad, un amigo común, ingeniero agrónomo, les habló de las insospechadas reservas de cacao vietnamita. Y les entró el gusanito de ir a verlas. En moto.

“¿Y ahora qué hacemos?”, se preguntaron a la vuelta de su primera expedición. Respuesta natural: se pusieron a moler granos. “Sin darnos cuenta, de pronto ya estábamos produciendo chocolate”, me contaron. Tuvieron que —y en esto consiste su única “innovación tecnológica”— transformar una máquina india para moler lentejas en molino de cacao. Jean-Baptiste Say, inventor del término “emprendedor” dejó claro que todo emprendedor “desplaza los recursos” para utilizarlos de forma más eficaz; mientras que Joseph Schumpeter dijo que una innovación es una “nueva combinación”. Pues tal cual.

Su pasado de publicista había enseñado a Vincent que para ser un emprendedor con éxito hacía falta una historia, un producto y un packaging. Están leyendo la historia de su aventura. He dicho que su chocolate es bueno (prueba de ello es que fue seleccionado entre las “esperanzas” del Salón del Chocolate que se llevó a cabo en París a principios de noviembre de 2012). En cuanto al packaging, el diseño de su envoltura es muy bello, rodea otra envoltura interna en papel dorado que se abre por arriba (por fin) y revela en su interior unas líneas diagonales en la cara de la tableta sin la menor relación con los rectángulos de todos sus competidores. Si Steve Jobs se hubiera dedicado al chocolate no lo habría hecho mejor.

Ideado por Richard Florida, profesor estadounidense que enseña en Toronto, el término clase creativa hace referencia, en sentido amplio, a todos aquellos que denominamos “trabajadores del conocimiento”, desde los médicos hasta los abogados, pasando por los profesores. El nudo central va de los ingenieros a los artistas pasando por quienes trabajan en los medios. Se dedican, según Florida, “a resolver problemas, pero también a encontrarlos”. Justamente por ello desempeñan un enorme papel en el campo de la innovación.

Sucede que esas gentes viajan más que otras, se desplazan y se instalan un poco por todos lados en el orbe, desde donde contribuyen a lograr que el mundo se mueva. Por eso hablo de “diásporas creativas”.

 

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